Un hombre feliz

Hace un tiempo publiqué mi primer libro de cuentos, "Los otros viajes". Esta es la historia con la que empiezan estos relatos cortos, encuentros y momentos de una serie de personajes que sin saberlo se conectarán de una manera u otra.
El libro puede conseguirse y además de ser más lindo porque siempre el libro ofrece una conexión que es en vano tratar de poner en palabras, cuenta con las ilustraciones de Juan Cruz Yebara.
Espero disfruten de esta historia.

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Un hombre feliz
Eran las siete de la de mañana. Ricardo terminó su desayuno clásico. Dormido, desvelado, con la radio encendida, aguantándose las ganas de mear o todo junto al mismo tiempo. Una formación poco arriesgada: un café con leche y dos tostadas.
Después, momento fundamental del día. El primer pucho. El que realmente gusta. El que renueva las ganas diarias de fumar.
Dejó todo como estaba arriba de la mesa, abrió la puerta del patio y fijó la mirada en el paisaje que tenía frente a sus ojos. La tranquilidad del agua, de su charco gigante, de esa laguna que, a veces, lo inquietaba por ser un hombre sensible que se distraía con la forma de una nube o el ruido del viento.
Aspiró y exhaló el humo. A lo lejos veía los barcos, esos que para él bailaban la danza más bonita. Hizo equilibrio y apretó la colilla contra una de las suelas de los zapatos. Se fijó que estuviera bien apagada y enfiló de nuevo para la casa.
Fue derecho a lavarse los dientes. Una costumbre que le había quedado cada vez que terminaba un cigarrillo. Agarró el celular que se estaba cargando y se fijó la hora y que no hubiera ningún mensaje de nadie. Ni de sus hijos, ni de sus amigos.
Venía bien con el horario. Se iba a poner el pulóver violeta.
Iba a estar a las diez en la estación, a la hora en que llegaba el tren para después subir al colectivo de siempre. En el que jugaba a cerrar los ojos y abrirlos adivinando mentalmente por dónde estaba.
Se subió al auto. Se permitió fumar adentro. No iba a escuchar música. Solo la ventana baja, el viento dándole en la cara, volando los pelos que aun orgullosamente se aferraban a la cabeza.
El ruido y el tránsito de la capital le recordaron el motivo de por qué se había ido a vivir a la laguna. Llegó a Constitución y dejó el auto en el primer lugar que encontró. No pensó si podía o no estacionar ahí, no le interesaba. Caminó hacia la parada. Tenía la sensación de que todo el mundo lo miraba con aires de jueces.
Cuando subió se dio cuenta de que ahora ya no se usaban más las monedas. Necesitaba una tarjeta SUBE1. No sabía qué hacer, se quedó helado. Se quedó a medio camino y detuvo la cola que quería subir. Alguien lo insultó.
Por suerte, una joven con una mochila y tantas cosas en las manos que parecía que tenía cuatro brazos, le pagó.
El recorrido estaba igual que siempre, solo le pareció que había más tráfico y que ya no conocía a nadie de los que viajaban con él como en los años que hacía ese trayecto todos los días.
Tocó el timbre. Se bajó con el colectivo en marcha. No podía esperar más.
Caminó y a cada movimiento que hacía, le sonaba uno de los gritos del mal parido en la oreja. Primero en una, después en la otra. La memoria lo atacaba.
Era imposible no reconocerlo. Conocía la postura, la manera de mover los brazos, los gestos. Incluso cuando trabajaba con él, reconocía el sonido de sus pasos, y empezaba a temblar.
Estaba apoyado en la puerta de un auto, un coche de lujo. De esos que Ricardo hubiese tenido que trabajar tres vidas para conseguir. Lo veía hablar con otro tipo más alto que él. Ricardo se acercó cada vez más rápido.
El jefe lo reconoció y una vez más hizo un comentario del pullover. Se acercó con los brazos abiertos.
Ricardo era un temblor. El cuerpo le daba espasmos, pero se metió la mano en el pantalón y sacó el arma. Era imposible apuntar, la punta se movía en cualquier dirección. El hombre alto que hablaba con el ex jefe también sacó un arma.
Ricardo no dio tiempo al diálogo. No quería escuchar su voz, no quería que ese hijo de puta emitiera un sonido más.
Y una lluvia de estruendos. Los de Ricardo, cumplían con la misión de su vida, y los del agente de seguridad privada, la apagaban.

1 Sistema de tarjeta electrónica que se utiliza en gran parte de Argentina para abonar viajes en transportes públicos a partir de 2011.


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